GRACIAS A LA FUNDACIÓN THEODORA PUBLICAMOS ESTA HISTORIA

EL PAYASO DE HOSPITAL QUE ALEGRABA EL CORAZÓN DE UN NIÑO SORDOCIEGO

Una de tantas. Esta vez en el Hospital Gregorio Marañón. El niño esperaba tranquilo en su cama. Aguardábamos la llegada del anestesista y de la cirujana,
siguiendo el protocolo establecido. Y de repente se nos acercó un payaso. Pedazo de payaso. Pero un Señor Payaso, con mayúsculas.

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(JOSÉ LEÓN DE LA GRANJA)

Se trataba de una de esas personas que realizan desinteresadamente actividades para entretener y divertir a los niños que tienen la desgracia de tener que estar en un hospital.

En este caso era el Doctor Zito (“el que llega despaZITO y te da su corazonZITO”, nos dijo alegremente). Llegó con todo su arsenal de chistes, gracias y malabares; sin embargo, ante un niño sordo, y casi ciego, poco podía hacer. Y fue ahí cuando desplegó su verdadera magia: lejos de achicarse, salió el ser humano que está detrás de ese sombrero y esa roja nariz y nos habló de esperanza, de pensamientos positivos y de caricias, de muchas caricias. El consuelo de un desconocido disfrazado de payaso nos reconfortó gratamente.

Y me pregunté: “¿en qué momento la sociedad perdió la capacidad de ponerse en el lugar de otro? ¿Cuándo nos volvimos fríos e insensibles para evitar interesarse en las dificultades de los demás?”.

Es necesario replantearse nuestras acciones cotidianas para salir de nuestro propio entorno y ayudar a quien lo necesite. No sólo se trata de dinero y alimentos sino, también, de dar buenos consejos, de confortar y reconfortar, de compartir abrazos. Comprensión.

Y no olvidar a los sordos, a los ciegos y a los sordociegos. Un mundo difícil, complejo. Necesitan nuestro apoyo para romper su aislamiento y conseguir una vida digna lo más independiente posible e integrada en la sociedad. Nos falta sensibilidad, nos falta colaborar y dar oportunidades.

La discapacidad no es un límite para alcanzar nuestros sueños.

Por cierto; antes de salir del Hospital nos encontramos con la eminente Doctora Amnesia (“Especialista en buscar sonrisas perdidas”), quien nos prescribió para el niño “besos cada dos minutos, no cada dos segundos, cómo hacéis muchos padres”.

Gracias, Fundación Theodora; gracias, Doctores Sonrisa.

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